Poema 8 · Espanta pájaros· Oliverio Girondo

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail,
un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica
en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que
me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean,
que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda.
Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo,
en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas
estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero?
¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta
marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide
cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia,
quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos
de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo…
de una falta de tacto…
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran
con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente,
hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca.
En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!,
cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones
y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un
paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas
las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante
junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca,
una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen
mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal
cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante
necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar
a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han
de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
Comentarios
Publicar un comentario
ENTRE TU JUGO DE SESOS, ESCURRE LO NECESARIO PARA MANTENER CON VIDA ÉSTE ESPACIO...