EL DEMENTE

El demente que habita bajo las ruinas del depósito de agua, allá a los márgenes territoriales del área verde designada como parque botánico, ese al que siempre veía por las noches danzando entre el alto monte, gritándole a los vientos los deseos de su alma, o en último caso charlando con alguna sombra predilecta (mientras el transporte público cumple con su ruta), ya no salta como antes. Hace un buen tiempo que no le he visto, ni en el más oscuro rincón como una silueta móvil ¿Qué le ha pasado? No puedo asegurar nada. Las vidas de unos comienza, mientras que las demás se borran lentamente, aún le sobrevive el Cristo ebrio de la av. de la soledad, a quien la cordura ha dejado desde hace mucho.
¿Qué oscuras penumbras rondan ahora esos parques en los que jugabas muñequito de trapo?, ¿A quiénes provocaremos entonces los gritos como antes?... el hueco al pie de mi ombligo aún guarda la grieta en la que te aislabas de los días soleados. Siguen en mis adentros las grietas de humedecidas por el borracho que me vomitaba a oscuras, lo extraño. ¿A hora de quién he de beber, pequeño monstruo sin brazos? Alojo solo a tus recuerdos que me rasguñan el vientre mientras sangran mis paredes. Me gusta esa tu presencia falaz, aún cuando a lo lejos aúllan las ramas y crujen los perros por la madrugada, aun cuando la luna duerma y la noche arda.
Sádicos sucesos embriagan mis pies, la sangre sigue aun escurriendo hacia mis talones ¿Ves cómo salpican de su cuerpo hacia mi espinilla? ¿ No te resulta verdaderamente encantador ese rojo frío del filo de mi navaja?...
Aún cuando distante, en agonía el ritmo te tus pasos se haya pausado, oh pequeño hijo, mi locura, el desconsuelo te consuma eternamente, para que en cualquier hoja en la que te escondas se dé por mal vivida y te despidan hacia mí, te recibiré con la piernas abiertas con el calor de mis adentros punzo cortantes para castrarte de nuevo en un éxtasis de agonía infinita.
Orozco Villatoro Zaira Dámaris
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